Teatro X la Identidad





La semana pasada se presentó en el Teatro Nacional Cervantes el libro “Teatroxlaidentidad 2010-2011″ que editó el Ministerio de Educación de la Nación. La obra incluye varios de los textos que fueron enviados en 2011 para participar de la convocatoria que organizó Cuentosymas para conmemorar el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.
El volumen contiene más de 20 obras teatrales presentadas en los dos ciclos, correspondientes a autores noveles y consagrados, a las que han prestado su arte cientos de actores, actrices y directores. La dramaturgia es complementada con imágenes, textos cortos, citas y colaboraciones plásticas.
En su prólogo, el Ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni, señala que este material “tiene como natural destino las aulas argentinas, sus alumnas, sus alumnos, sus docentes. Tiene también un destino si se quiere mayor: el de constituir un testimonio de lucha y un permanente homenaje a nuestra Abuelas de Plaza de Mayo”.

Mi micro Reanimación (pg 492) tiene el honor de formar parte.

Gracias CUENTOS Y MÁS!!!

Liebster Blog Award

Laura Garrido Barrera
Escritora que administra la bitácora De mis palabras y las vuestras

y

Luisa Hurtado González
Escritora que administra la bitácora Microrrelatos al por mayor

Me regalan esta distinción, esta alegría:




“Liebster Blog Award” es un premio ideado para recompensar, estimular y promocionar aquellos sitios de internet, cuyo número de seguidores no excede de doscientos, pero que, por su esencia y contenido, merezcan ser dados a conocer a todos los rincones de la blogosfera. Tiene unas sencillas normas:

1. Copiar el premio en el blog y enlazarlo al bloguer que te lo otorgó.

2. Señalar tus cinco blogs preferidos con menos de 200 seguidores y escribir comentarios en sus blogs para que conozcan que han recibido el premio.

3. Y, por último, esperar que continúen con la cadena y elijan a sus 5 blogs preferidos. (Entre ellos no debe estar el blog de la persona que te ha elegido)

Los 5 blogs que escojo (pufff, qué difícil!!) son:

Ficcionario breve de Sandra Montelpare. Brevedades como un rayo de sol. O como el huso envenenado que aguardaba a la Bella Durmiente. Ser precavido

Sueños en la memoria de Gemma Pellicer.  Exquisita escritora de micros, nanos, reflexiones, citas, aforismos. Qué más? Qué más? Me olvido de algo ....

Haikum* de Kum* el bello payaso de las certeras palabras y generosos sombreros. Alguien en la blogesfera no conoce a Kum*?

Sombras, de Diana Belaustegui. Santiagueña de pura cepa que todas las semanas me provoca aullar con sus cuentos de terror

Bee Borjas, de Bee la Dulce, Bee la Buena Amiga del Sur, Bee No Habrá Ninguna Igual

Y me quedo con ganas de nombrar a tantos....

Envergadura


     


ILUSTRA GUSTAVO DAGNINO


     Yo no he leído el Quijote pero lo veo todas las mañanas en el bar. Me refiero al dibujo de Picasso, una copia por supuesto. El gordo lo colgó de la pared que está frente a la mesa que siempre ocupo, dice ser escritor pero está aquí regenteando esta pocilga de mala muerte. El infeliz escribe frases sobre servilletas de papel que después reparte entre las mesas como al descuido. Cuando me toca una, antes de irme, la abollo. Reduzco sus estupideces al tamaño de una bolita. Que lo entienda de una vez: refregarme al Quijote por la cara de poco le va a servir. Un día llegó a decirme que en otra vida él habría sido su compañero.
     —Yo también soy gordo y no por eso voy a permitirme semejante delirio.
     Me miró sorprendido. Ese día avancé en la dirección equivocada admitiendo frente a él que aprecio, o cuanto menos conozco, la existencia de Sancho Panza; error que no me perdono.   Jamás permito que nuestro escaso diálogo, suponiendo que  así pueda llamarse al intercambio verbal que hacemos, roce su ilusión, su tema, su manía: la literatura.
     Pocilga de mala muerte, palabras de él. Que se conforme con eso, con ser sus  palabras. Algo bastante etéreo y frágil para un tipo tan voluminoso. Yo soy cosas concretas. Soy el dueño de “la pocilga”  y el que paga para que otros la trabajen. Quiera Dios que este soñador a lo grande pueda disculpar  mis modestas ambiciones, meta chica pero cumplida es igual a pájaro en mano. Lástima que toda discusión al respecto sería ociosa, él no se sentiría a gusto con menos que la bandada. Me enfurece verlo actuar como si yo tuviera la culpa de que las alas no le alcancen para remontar su propia envergadura.
     Desayuno, vuelvo a casa, duermo y regreso aquí para acompañar al que hace el turno noche que es cuando hay más trabajo. Preferible así. Ocupar la casa al mismo tiempo sería para problema, desde que Elisa murió la convivencia es insoportable.     
     Estar casado treinta y cuatro años y perder a la compañera es muy duro. Él también sufre, por supuesto, pero todavía es joven y sus esperanzas compensan. Ayer no más un vecino que lo conoce desde que era chico, me dijo Rodolfo a tu hijo le premiaron un cuento. Fui el primero en felicitarlo, mentí. 





Publica el periódico  LA VOZ DEL INTERIOR


  









Atropello



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Las corrientes cambian cada seis meses, los cardúmenes cada cuatro. Las ballenas pasan una vez al año.
Vos enseguida notaste ese ritmo  llevás correctamente la cuenta. 258 años.
258 años sobre la arena. Sin sentir el sol sobre cubierta, ni el viento inflando las velas. Habitado por ostras, corales y estrellas.
Has pasado 258 años inmóvil, bajo el mar.
—Resisto porque sé adaptarme a los cambios —dijiste cierta vez en voz alta.
Después de varios meses y como quien, por fin, ha llegado a una conclusión luego de serias cavilaciones, agregaste con tu ronca voz de madero:
—Ya no tengo a qué temerle, por eso soy feliz.
Es posible que esto haya sido allá, por el año 1873.
Pero en 1873 te equivocabas.
Hoy llegaron ellos.
Un buzo es un hombre que no parece un hombre.
Su cara, enmascarada. Su cuerpo, disimulado bajo un traje absurdo. Sus pies, son los pies de un animal.
No podés entender cómo logra respirar.
Estos hombres traen luces poderosas, y sogas, y extrañas herramientas. Escarban el lecho marino, enturbian el agua, ensucian.
Arrancan las algas que te acunaban. Echan los peces que protegías.
Te penetran.
Remueven tus entrañas. Te desmembran, te hachan. Rapiñan tus tesoros. No muestran respeto, no, ni siquiera ante los huesos, matando los fantasmas que albergabas.
Te has quedado solo.
—Hace más frío que nunca —pensás.    












También publicado en  El manuscrito

Ídolos de plata



Mi cuento Ïdolos de plata ha sido publicado en
LA ESFERA CULTURAL n° 5
(soporte papel y digital)



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Gracias!!!!






Del ruiseñor al ocaso



Mi nueva columna en Arte Libertino
Quien desee leerla, puede hacerlo presionando Acá

Proyecto Celsius - Rayuela





¿Encontraría a la Maga?
El rastro se dibuja claro desde borde de sí mismo. Luego se aleja,  se confunde con otros, se pierde en la niebla.  Esa niebla sucia, hecha jirones, lo engaña. Enmascara su realidad de solitario entre amigos. Muestra un cielo, allá abajo, hecho de baldosas y tiza. Como si el cielo fuese juego de niños. Para evitar más distorsiones visuales o entes falsificados establece la palabra como su territorio. “Si me volví loco fue a conciencia” dice para nadie. Aquella mujer que fue la suya y este cielo de mentira lo atraen como un abismo.
Paf se acabó.



Este micro se escribe respondiendo a una propuesta del escritor Manuel Rebollar
Quien desee interesarse en el mismo, click Acá

Publicado en Biblioteca Celsius

Los hipócritas



La revista Psedonims n° 30 publica mi microrrelato Los hipócritas
Quien desee leer Los hipócritas pude pulsar
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Cielo sin nubes





Publicado en la revista digital  Narrativas n° 25 (pg 89)
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Todo el mundo es consciente de que la vida es paródica y necesita una interpretación.
Así, el  plomo es la parodia del oro.
El aire es la parodia del agua.
El cerebro es la parodia del ecuador.
El coito es la parodia del crimen.

Georges Bataille





—En este mundo que me rodea, hecho con abundancia de tierra pero poca agua, pretender acabar con el polvo es un acto de soberbia— dijo ella. Y decidió no limpiar más. Ni limpiarse.
Tanto sobre esa tierra que constituía su mundo, como sobre las rocas, el caserío, los espinillos y los cardones que se alzaban en ella, se extendía la mica, mucha mica que parecía salpicar hasta el polvo suspendido en el aire, como astillas de un espejo colosal.
Siguiendo un impulso buscó un espejo de mano y observó su rostro. Le costó reconocerse. Se culpó por haber permitido que el tiempo pasara sin ocuparse de aquellas cosas de las que se ocupa la gente que sí se reconoce. Dejó el espejo sobre el piso, cuidando que el reflejo quedara oculto para no correr el riesgo de reencontrarse y dispuso sobre la cama la ropa que él usaría.  Ropa a estrenar, fresca y suave al tacto, sobre sábanas revueltas, viejas. De ningún modo iba a estirarlas, ni hoy ni mañana tampoco. Nunca más. Tender la cama le parecía ahora un trabajo extenuante, la veía tan grande, tan sola, que habría sido  demasiado el camino a recorrer para abarcar el desierto de su extensión. Una vez él había sido grande y fuerte. Él, grande y fuerte como era le  había enseñado a  reír, a mostrarse paciente y a quedarse quieta.  Pero él, quizá por grande y fuerte, se aburrió pronto. Ahora pretendía confundirla regresando indefenso, regresando niño.
La chomba nueva que ella había comprado para él era verde y cuando buscó medias que hicieran juego encontró cierto par blanco con una línea igual de verde, como sus ojos. Los ojos de él la habían enamorado antes que él. Lo amaba con locura. Una vez ella le había dicho “sos más hermoso que un muñeco”, él reaccionó enojándose. Antes se enojaba a menudo, antes, cuando se tomaba el trabajo de determinar la vida de los dos: dónde ocuparse, qué comer, cuántas horas dormir, cómo amar o cuándo estaban dadas las condiciones para permitirse el lujo de una ilusión. Ella siempre había obedecido cuando él, su rey hermoso, su muñeco irascible, estuvo a cargo del mundo.
A través del cristal de las ventanas miró el patio y más allá el ligustro que su padre había plantado tantos años atrás. En medio del patio, desparramando sombra donde antes calcinaba el sol, se erguía el lapacho sobre el que fijó su vieja mirada tranquila, como si fuese un centinela en el que confiara plenamente. Así había sido su padre, capaz de privarse del agua que necesitaba con tal de asegurar la vida de aquél que estaba para engendrar flores. Con el hilo de agua que por aquel tiempo brotaba de la canilla del fondo lo había regado. Ella aún creía percibir aquel olor a tierra húmeda, recién paleada, aún creía ver aquella espalda ancha, protectora, generosa, doblada sobre el cantero. 
Miró  las sierras, el  cielo sin nubes y el sol: podía observar el mundo desde su ventana. Excepto la calle, el ligustro la tapaba, de todos modos no deseaba ni necesitaba verla: sobre ese polvo apisonado que llamaban calle, los que debían pasar ya habían pasado. Ahí afuera estaban el patio y el cielo, más allá  la calle invisible y más lejos de allá, según ella aseguraba, los recuerdos. Trozos de recuerdos  partidos y vueltos a partir. Trozos mínimos algunos, astillas filosas, otros.
—No sólo la tierra abunda, aquí también hay un exceso de astillas —susurró. Su gesto era el de quien ha encontrado, por casualidad, un origen, una causa para el mal que sufre.
 Evidentemente el mundo era algo que sucedía afuera, pero para estrenar ese nuevo tiempo suyo libre de jabón y escobillones, nada mejor, supuso, que quedarse dentro. Cerró todos los postigos, corrió todas las cortinas e iba a colocar el pasador  a la puerta cuando él se despertó. No era justo que él se quedara a acompañarla, pertenecía al mundo. Por eso a él lo dejó contra la puerta pero del lado de afuera. Boca abajo, carita girada a la izquierda, como lo ponía en la cuna.
La siesta era calurosa pero a él lo había dejado bajo la sombra del lapacho, así que su ánimo estaba tranquilo cuando, por fin, se encerró y para que ese encierro fuese completo cerró también los ojos; no había motivo para mantenerlos abiertos, igual no podría verlo. Él comenzó a llorar. Cómo cerrar los oídos, su llanto le estremecía el corazón. Intentó distraerse pensando que con esa ropa nueva que le había puesto y su pelo, del mismo color que el oro viejo, parecía un muñeco. Dentro de su casa cerrada ni siquiera el polvo volvería jamás a brillar como oro. Sin embargo, y de esto no le cabía la menor duda, sobre el piso, sobre los muebles, sobre su propia piel, se iría acumulando un polvo gris como el plomo, un polvo suelto sólo útil a la hora de escribir cartas con el dedo. Quizá algún día le escribiese a él. “Querido” escribiría en el polvo acumulado sobre su cama solitaria. Con letras encimadas escribiría: “Querido, tengo un colchón de plomo tenue. Pronto habrá pasado el tiempo suficiente, podré poner las manos en garra y escarbar en ese colchón hasta hacerlo cobija.”
Ella también lloraba, las lágrimas le empapaban la cara. Lloraba ahogándose en su propio llanto y recordando haber llorado mientras él, desde su grandeza, la miraba aburrido. Recordaba que había suplicado y había proferido los gritos más terribles mientras él, tan fuerte como siempre, se marchaba. Tal vez fuesen esos gritos los que aún vibraban como golpes sobre su cuerpo, cuando contra la puerta, del otro lado, él dejó de llorar.
El recuerdo del llanto, sólo eso quedaba. Un recuerdo completo y perfecto en aquel primer instante, pero los instantes sucesivos lo desgastaron hasta dejarlo mínimo, apenas un gemido en la memoria, una queja, nada.  
—No llora porque es un muñeco —afirmó en voz baja, repentinamente serena. 
Ese silencio no la asustaba, podría resultar el presagio  de algo bueno. Tal vez, caminando por la calle polvorienta un hombre generoso se acercaba. Quizá ese hombre confiable y bueno estuviese a punto de golpear a su puerta. Y ella con la cara húmeda. Debía secarse, buscar inmediatamente la cartuchera aquella, largamente perdida, donde guardaba el rubor, la pintura de labios y el cepillo con el que se alargaba las pestañas.  Debía encontrar rápido un espejo.
El sol se ocultaba tras las sierras.

Mil y un años después



Hoy participo de la sección "Microrrelatos ecologistas" que organiza la escritora LUISA HURTADO GONZÁLEZ en su bitácora Microrrelatos al por mayor.

Ilustra nuestro querido  Juan Luis López Anaya

Luisa, Juanlu, gracias!!!!!!



AMIGOS MICRORRELATISTAS
A PARTIR DE MAÑANA 
ME PONGO AL DÍA CON VUESTRAS BITÁCORAS.

Cirugía mayor





Ilustradora: Clara Varela



—Ofrézcame otra solución —dice. Su tono suave, educado, esconde una súplica. El médico la observa desde la cima donde cree que su profesión lo ubica. Se trata de una mirada lejana, con el toque justo de indiferencia y desdén  que dedica a los ignorantes que se atreven a cuestionar su juicio. El hielo de esos ojos la quiebra—. Como usted diga, doctor.
Las alas que le pueblan el pecho están pegadas al corazón, extirparlas toma más tiempo del previsto.
Ya no escuchará más trinos, ni la acosará el deseo neurótico de elevarse por encima de esa realidad chata que la circunda.
El posoperatorio es largo y traumático.


Cirugía mayor también se puede leer Aquí

Este micro participa  en:
Gracias, Clara. Un honor

Tomo un descanso
Hasta la vuelta

Abrazos!